ALFREDO SÁNCHEZ NAVAJAS.
Iniciamos la andadura de este programa de “Semblanzas de personajes ruteños” con este polifacético ruteño: pediatra, psicólogo, escritor, erudito, lector empedernido y estupendo conversador, capaz de convertir cualquier encuentro con él en una fuente inagotable de conocimientos y vivencias personales.
Nació en Rute en el seno de una familia de emprendedores. Su padre, Alfredo Sánchez, fue pionero en el negocio de los mantecados y de los dulces, que tanto han arraigado en nuestro pueblo, así como en el de los anisados.
Está casado con Mercedes Antón, quien, aunque no es ruteña, siempre se ha sentido muy vinculada a nuestro pueblo. Habrá ocasión de dedicarle un capítulo a esta mujer de amplio currículo y también escritora. El matrimonio tiene dos hijos: Alfredo y Pablo.
Sus novelas más significativas son:
En ellas, Alfredo, con un lenguaje directo y comprensible, se adentra en historias personales en las que analiza con precisión la psicología de sus personajes. En ambas, las referencias a Rute, —directas o figuradas—, son constantes.
Las inquietudes culturales del matrimonio les llevaron a entablar amistad nada menos que con Jorge Guillén y su segunda esposa.
Ocurrió cuando Guillén volvió del exilio y se estableció en Málaga. Tras varias llamadas, consiguieron que el poeta los recibiera en su casa; fue el inicio de una relación que les aportó numerosas experiencias personales e intelectuales. En aquella casa tuvieron ocasión de conocer a personajes relevantes de la literatura, sobre todo de habla inglesa. Incluso planearon una visita a Rute que finalmente no se pudo llevar a cabo debido a los achaques del escritor.
Cuando supimos de esta experiencia, pedimos a Alfredo que nos hiciera un resumen de aquellas vivencias, por entender que debían compartirse y, sobre todo, que no se perdieran. Con su característica generosidad, ha escrito y remitido el texto que reproducimos a continuación. También acompañamos un texto escrito de puño y letra por Jorge Guillén en el que alaba la faceta poética de Alfredo.
Conocimos a Jorge Guillén en 1978 en Málaga. Sabíamos por la prensa que se había venido a vivir a Málaga desde Boston, donde tenía su residencia y donde había sido profesor de Literatura Comparada en su Universidad de Harvard, posiblemente la más prestigiosa del mundo. Tanto Mercedes como yo éramos admiradores de su obra.
Un día al llegar a casa Mercedes me dijo que lo había llamado por teléfono para darle la bienvenida, y que lo había cogido su mujer Irene Mochi, la cual nos invitaba a tomar café en su casa al día siguiente. No tuvimos tiempo ni de sorprendernos, y rápidamente nos pusimos a releer, para ir lo más informados posible, una antología que teníamos de su obra hecha por Manuel Mantero, que era un especialista en su obra y que, como él, era poeta y profesor de Literatura en alguna universidad norteamericana.
Esta lectura no nos hizo ninguna falta porque allí nos estaba esperando don Jorge e Irene con los brazos abiertos al descubrir que éramos una pareja de recién casados, y todo giró en esta primera vez alrededor de nosotros, como si fuéramos algo importante sólo por el hecho de ser una pareja joven. Era todo tan natural y sencillo que al poco rato parecíamos los nietos que iban a visitar a los abuelos.
Mi primera impresión de él es que era una persona profundamente alegre, pero no con una alegría boba e inconsciente, sino como el que tiene la alegría esencial de un metafísico convencido de la perfección del universo, y de la persona humana que lo habita. En realidad, su poesía es así, esencial, profunda y vital, con pocos adjetivos sonoros y tratando de sintetizar la esencia de las cosas. No es una poesía de adjetivos cantarines sino de una introspección en profundidad de la vida, con conceptos llenos de sabiduría y certidumbre. Por eso de él dijo el que fuera presidente de la Real Academia Lázaro Carreter, que en español había dos poetas: el primero san Juan de la Cruz y el segundo Guillén. Es cuestión de opiniones entre sabios.
Irene, su segunda mujer, era muy guapa, muy elegante y de mucho mundo, hija del embajador de Italia en Estados Unidos, y mucho más joven que él. Había sido alumna suya, creo que en Harvard o en alguna otra de las que fue profesor, tal vez Yale.
Ambos nos preguntaban por las cosas corrientes de la vida de una pareja joven en la España de entonces, que suponían eran distintas a las americanas, y a las de la España del año 1938 cuando él salió del país. Nos invitaron a que los llamáramos para seguir viéndonos, y así lo hicimos, de modo que cada dos o tres semanas los visitábamos.
Eran muy estrictos para el horario, y pronto aprendimos que cuando Irene se removía en su sillón es que era la hora de levantarnos e irnos. Muchas veces coincidimos allí con personas importantes como escritores, sobre todo de habla inglesa, pero que, debido a nuestra incultura sobre la literatura anglosajona, no supimos apreciar bien esa oportunidad excepcional que la vida nos daba. También iban muchos profesores de Literatura de universidades, sobre todo americanas, y normalmente se hablaba en español. Para definir la categoría moral y social de Irene y de Guillen, sólo hay que decir que en reuniones con ese tipo de gente, intelectualmente tan importante, el matrimonio siempre trataba de integrarnos como si fuéramos uno de ellos.
Raramente se hablaba de política y si se decía algo referente a España era a favor de superar la división que produjo a los españoles la República y la Guerra Civil. La palabra tolerancia para el que piensa de forma diferente, creo que se oía bastante en aquellas reuniones, y no solamente referida a la ideología política o religiosa, sino a cualquier opinión literaria, filosófica o sociológica. Yo a Jorge Guillén no le oí hablar de la Guerra Civil nunca, salvo para decir que aquel enfrentamiento no debería producirse nunca más. Hablaba con cierta frecuencia de Lorca, y decía de él que era una de esas personas que, cuando llegan a un sitio, de manera natural se convierten en el centro de atención.
En general, no recuerdo oírle hablar mal de nadie, lo más que le vi era callar cuando se hablaba de determinadas personas. Era un hombre que destacaba por su inteligencia y conocimientos, de hecho, era un reconocido experto sobre la esencia de lo que es la literatura, ya que escribió libros técnicos como “El argumento de la obra” y “Lenguaje y poesía”, no solo referido a la literatura española sino internacional, al ser un políglota, por lo que me da la impresión, en absoluto documentada, que junto con Lorca, son los dos poetas más conocidos a nivel internacional de la generación del 27. Y probablemente lo era también porque Guillén vivió mucho más tiempo fuera de España que los demás de su generación, y por tanto tuvo más contactos internacionales. También me baso en la opinión del ensayista Salvador de Madariaga (que fue presidente de la Sociedad de Naciones, el equivalente a la ONU antes de la 2ª Guerra Mundial), que decía que la sustancia de los andaluces (fantasía, gracia etc.) es intraducible, y que la universalidad de Lorca se debía más a su muerte trágica que a su poesía, cosa en la que Borges estaba de acuerdo, según leo en el prólogo de Manuel Mantero.
Siempre me ha gustado escribir prosa, pero siendo novio de Mercedes me pidió que le escribiera unos poemas de amor, y naturalmente obedecí, y como mujer enamorada le gustaron y me olvidé de ellos. Un día me sorprende al decirme que se las había dado a Guillén para que las leyera, y que le había dicho que él se iba a encargar de publicarlas en la editorial que tenía en Málaga el poeta Ángel Caffarena Such, el cual era amigo suyo y habitual visitante de las reuniones de su casa. Y en efecto, pasadas unas semanas apareció un librito con los siete poemas de amor y uno de Jorge Guillén dedicado a mí, a modo de prólogo. Fue una edición muy pequeña de unos 100 libros.
En resumen, para mí fue una persona amable, tolerante, indulgente y magnánimo, que tuve la suerte de tratar, pero no con la edad y madurez suficiente para valorar este contacto. Si pudiera retrotraerme a esas visitas le preguntaría muchísimo más y cosas más interesantes de las que hablé con él. Pero eso es lo que tiene la bisoñez. Ahora, a mis años, le encuentroa su poesía una magnitud y una comprensión psicoanalítica de gran profundidad, porque la poesía buena es una interpretación de estados anímicos. Es, además, una poesía que va directa al mensaje, sin adjetivos superlativos adornando la nada como una música sin letra de tantos malos poetas.
Cuando murió, continuamos visitando a su mujer, que cuando envejeció mucho, se trasladó a Marbella a una residencia pequeña donde cada anciano vivía como en un pequeño bungalow. Como siempre, elegante, educada y siempre leyendo. Más de una vez me dijo: “Una cosa muy triste de la vejez es que han muerto todos tus amigos, y tienes una sensación de orfandad, de estar en otra época que no es la tuya”.
Se me ha olvidado decir que nunca tuvieron televisión, o por lo menos, yo no la vi nunca. De ella tenemos varias cartas donde nos da su impresión de novelas nuestras. De Guillen tengo el poema que me dedicó, escrito a mano por él, y del que te mando fotocopia.
Para acabar, contaré un par de anécdotas: una cuando fuimos a visitar a Irene, ya viuda. Yo me di cuenta que Mercedes había puesto su bolso junto al sillón donde ella se sentaba. Cuando llevábamos un rato charlando se levantó para preparar unos gin-tonics, y tropezó con el bolso cayendo de bruces y fracturándose a nariz que le quedó torcida y sangrando. Le taponé el orificio nasal y cedió la hemorragia, luego ella fue al cuarto de baño a mirarse, y descubrió que tenía la nariz torcida. Entró en pánico y no quería salir a la calle, con este aspecto, para que le redujera la fractura un otorrino amigo, que nos estaba esperando. Hubo que sacarla envuelta la cara con un fular y esperar que anocheciera un poco. En definitiva, detrás de esa señora tan instruida y distinguida afloró la mujer siempre coqueta.
La otra, es Guillen al hablarle yo de Rute, empezó a agitar la mano preguntándose de qué me suena este nombre. Pasados unos segundos exclamó: el abad de Rute.
Alfredo Sánchez Navajas.
JORGE GUILLÉN






